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Una de vaqueros

Una de vaqueros

2:30 PM en un bus casi vacío. A estas alturas se puede hasta oír el preocupante sonido, entre agudo y chirriante, de los frenos que anteceden al siguiente pasajero. Un anciano se sienta a mi lado y no dejo de mirarlo con algo de extrañeza. Y es hasta raro, digo yo, como los pasajeros en solitario elijamos casi siempre el par libre de asientos antes que ir confortablemente acompañados, pero bueno… ciudad.

En eso sube al bus un par nada extraordinario: una madre de edad madura y su prepuber hijo. Bueno, lo extraordinario es encontrar a seres de tan diferenciado pelaje en un traqueteante y modesto bus del servicio publico; el par en cuestión es de clase acomodada. El crío tiene una pistola y entra disparando a los asientos vacíos –tal vez hacia algún bandido con antifaz y oscuras intenciones que acecha entre las sombras-, la madre paga los pasajes intimando al crío a guardar la compostura. Vienen y se sientan justo delante mío. La señora, muy a lo suyo, desenfunda un ejemplar de un libro recién comprado que trata sobre ángeles.

Nuevo frenazo, entra un personaje nada extraordinario para este escenario urbano. Sube lenta y penosamente al bus. El crío, al verle, le lanza una ráfaga de balazos, a los que ella responde con una candida sonrisa y un guiño. La madre, con toda la seriedad del caso, le ordena: “hijo, no molestes a la señora de pollera”, tras lo cual nuevamente le vuelven a interesar los ángeles. El crío, en pleno acto de desobediencia civil, le lanza el ultimo tiro; el de gracia, a las espaldas de la imponente mujer. El anciano del lado mío me mira triunfal, me sonríe y casi le falta hablarme, y hasta me figuro que como si le hablara a su esposa ausente: “hay tienes Honorata, una señora con todas las de la ley; educada, correcta y responsable… para nada racista”.

Perdónenme pero en este país somos así: los que tienen buen obrar, los que no y los que mareamos la perdiz. De estos últimos somos tantos qué que les diré, ya molesta. Y claro, mareamos la perdiz cuando decimos: trabajadora del hogar por domestica –lo que no quita que hasta tengan que asear al perro y limpiar sus desechos por nosotros-, trabajadora sexual por prostituta, niños diferentes o especiales por niños subnormales y un largo etc. No se si el uso de tan variopinto eufemismo tenga por finalidad esterilizar el mundo haciendo con ello un mundo mas habitable –en todo caso, digo yo, son oficios necesarios y de los cuales se sirve la sociedad o, como en el caso de los niños subnormales, una dolorosa circunstancia de la vida-. Somos nosotros los que recargamos algunas palabras con estereotipos al uso. Y hay que ver el cuidado que ponemos con no mencionar la palabra chola, como si en ella estuviesen las claves de todo mal y de toda malintencionada acechanza. Me digo yo: “hay que fregarse, si así andamos pues listos vamos”.

Tampoco faltan los que hacen uso despreciable del diminutivo; dándoles lo mismo si se refieren a una venerable anciana, a una “criatura” de mas de 100 kilos o a una historiadora. Desterrar una palabra tan nuestra, tan mestiza, tan simpática, tan intima es, digo yo, mandar parte de nosotros mismos al olvido. Una palabra que sirve para definirnos como los seres que fuimos, que somos y que seremos. A esta palabra Bolivia también le debe los momentos más heroicos de su, a momentos, sórdida historia: ahí las tenemos agazapadas recibiendo los insultos, los golpes o los balazos; todo sea por salir en defensa de los suyos, de un derecho compartido, de una idea. En su momento patearon la mesa de esta abyecta sociedad y dijeron, a cara de perro, “es todo, si aquí no nos salvamos todos, pues aquí no se salva nadie”.

Eso en cuanto a la palabra, pues, como todos sabemos, cholas las hay personas nobles, sin complejos y decentes y también perfectas hijas de puta. Lo que me apena es mirar como hay generaciones, como la de nuestro joven llanero solitario, condenadas a mirar el mundo tal y como lo miran sus asépticos y eufemistas padres. Si hay suerte nunca se toparán con las miserias diarias de nuestra sociedad; pero si no hay, pues eso, que ha de ser un golpe muy duro constatar que el mundo no es tal y como sus mayores les narraron, que les contaron una de vaqueros. 

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