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La Doctora Corazón

La Doctora Corazón

 

Es hasta una imagen común, para aquel que haya visto telenovelas, oírla como una voz que susurraba, desde el radiotransmisor, dulces consejos del orden amoroso –desde los más comunes y atendibles hasta los más indiscretos- a sus agradecidos escuchas. Una voz que desde el aparato radiofónico era no solo una aliada especifica, sabia y comprometida en esos delicados trances, era también una guía indispensable para el oyente promedio. Otra imagen familiar es la lectura de las respuestas que la sapiente doctora les hacia llegar a sus lectores, en formato carta y con toque personalísimo de por medio, con útiles y hasta memorables consejos. El hecho de que las misivas fueran publicadas, es un decir, cada viernes de semana y para el público masivo de un diario de circulación nacional, no le quitaba intimidad ni seriedad al asunto.

Y uno leía estas cartas hasta con cierta candida complicidad, y se dejaba llevar por la imaginación a la hora de figurarse como era la apariencia de esta simpática señora: una delgada y madura señora, con gruesos lentes de carey, un aire de suficiencia inexpugnable, a la vez que una mirada de curiosidad perenne; otras veces uno la imaginaba como una señora regordeta y entrada en años, con respetables canas, zapatos acolchados y una mirada entendida que ni les cuento. Lo más probable era que se tratase de un(a) resabido(a) periodista con tanta  calle como el cabo Mamani y con una experiencia en estos trances que ustedes ya verán. Lo interesante era el nivel de acierto en sus consejos y el aura de credibilidad que esta figura pública generaba –cientos de cartas y un espacio duradero en la prensa escrita así lo atestiguan.

La Doctora Corazón sin duda es una imagen difusa en la memoria colectiva –aun para los que, para bien o para mal, le creímos-, que se sepa unos pocos le recordamos; otros tantos, quizá los menos, aceptemos haber recibido contestación a nuestro clAMOROSO pedido. Y hay que joderse, dice uno, cuando los mayores nos miramos en el entretiempo con la cara de panoli y aceptamos que en estas cosas vete tu a saber, que mira tu a mi como me salio tío y que qué se le va a hacer, que se hace camino al andar y… en fin. En el fondo todos necesitamos esa guía, alguna guía, para estos cotidianos menesteres y algunos otros que se le asemejan. Que en otros tiempos el amor y sucedáneos era todavía un tema que se relacionaba con el protocolo de cortejo de tiempos del abuelo o, peor, a las finezas galantes de las novelas de caballerías. Ya sea por pudor infantil o por la carencia de información al respecto, uno bien que se tenia que conformar con los candidos consejos del incondicional amigo Pancho –si quería, como tantos, dárselas de original o de moderno. Y es de ahí entonces que uno no deja de sentir cariño y, por que no, hasta respeto por esta figura emblemática que le guiaba a uno con linterna por los inciertos derroteros del amor o hacia el misterio insondable del otro.

Aunque coloquialmente también llamamos doctores a los médicos, y bien averiguadas las cosas, según el diccionario de la RAE, un doctor es: "Persona que ha recibido el último y preeminente grado académico que confiere una universidad u otro establecimiento autorizado para ello", pues que quieren que les diga, uno mismo, con la llaneza que caracteriza a la gente conmovida, tiende a llamarla como todos y cada uno de los que la quieren y conocen bien: Doctora. Y bueno, uno no es Harvard o Yale para andar doctorando libremente a las personas, pero tampoco un caradura o sinvergüenza marca mayor –Dios me libre de andarle llamando socarronamente Corazón. Así que uno para salir del paso, y atendiendo a una de las premisas de nuestra estimada Doctora, tiende a aguzar el ingenio y la imaginación; es así que un poco mas abajo en el mismo diccionario uno encuentra la siguiente definición: "Persona que enseña una ciencia o arte"; lo cual lo reconforta a uno en estos días tan sin cartas ni consejos. 

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