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Deshaciéndose de la ley

Dado recientemente a conocer los resultados de la autopsia de uno de los policías muertos en la población fronteriza de Viacha, uno llega a preguntarse qué tanto pudo haber rogado aquella persona antes de que lo asfixiasen. Es más ¿le dejaron hablar cosa alguna momentos antes de que acabaran con él?

De cualquier manera, que lo hayan ahorcado a manos abiertas demuestra por lo menos la culpabilidad de un individuo particular. Pero éste puede ser considerado, como lo es actualmente, en un nivel social como el ejecutor designado y convenido por la comunidad. Fue una mano colectiva la que decidió la suerte de él y su compañero.

Bien se ha repetido que eran policías corruptos. Si esto es cierto como una parte de la población boliviana supone, qué tantos agentes gubernamentales de distinta índole y categoría deberían ser enviados a dicha población para correr con la misma suerte. Más de la mitad del aparato de gobierno quedaría sin funcionamiento hasta que otros vecinos los reemplacen tanto en sus funciones administrativas como en su desempeño venal. No cambiaría nada el asunto.

Sin embargo, creo que cualquiera se muestra partidario de condenar los casos de corrupción. Pero si no le afecta directamente, tiende a olvidar el asunto y cuando suceden favoritismos, arbitrariedades y excesos en el mismo lugar donde trabaja, no le queda más que llegar a aceptarlo señalando la caída naturaleza humana.

En cierta ocasión, me contó un suceso cercano a este tema alguien que trabajaba en una alcaldía de provincias. No se me malinterprete menciono la provincia porque ahí suceden las cosas de un modo menos encubierto, menos cínico o, si se quiere, menos ducho en urdir irreales historias con las que quedamos conformes. Lo que pasó fue que una escuela que contaba con un aula para dar clases a aproximadamente cincuenta alumnos en turnos distintos, no tenía una pizarra decente donde darlas. Pero el alcalde decía al encargado de contabilidad que no tenían recursos que darle, puesto que como ya comprendía tenía que ir a tomar una cuantas cervezas con sus amigos.

De esta experiencia, común y cotidiana en nuestro territorio, se saca la siguiente inquietud. A saber, quien trunca el futuro de unos niños y adolescentes, el tiempo que les queda y promete el porvenir, no evitándoles y destinándoles que acaben trabajando casi como unas bestezuelas de carga, ¿no merece que se le acorte a su vez el tiempo de solaz que le resta en la vida pública? Por lo menos, el tiempo de uno que ha sido degradado hasta vivir una existencia infrahumana que pasa desapercibida por lo común, no resulta menos importante que el del otro que se bebe tranquilamente las posibilidades de los anteriores.

Por supuesto, cuando presenciamos estas cosas tendemos a mirar hacia otro lado, si alguien intenta hacer algo recibe una amonestación o francamente es despedido. Y si nos beneficia de alguna u otra manera un acto de exceso, favoritismo o corrupción, palabras vecinas y afines, agradecemos a que se nos haya colocado en una situación ventajosa.

En realidad, cuando uno no habla sobre un exceso o abuso de cualquier institución que sea, cuando nos silenciamos finalmente, somos como aquel miembro de la sociedad a quien le asfixiaron apretándole la garganta, muriendo luego. Y por otro lado también somos parte de esas manos colectivas que estrangularon el resto de decencia que se pierde a lo largo de nuestro territorio. En ese caso, somos víctimas y verdugos. Y estamos muertos, sólo que no nos hemos dado cuenta todavía.

 

Como ven esta semana nos pusimos politicos -este aporte fue realizado por Tupamaro-. Las vacas pueden ir a pato.verde.2@hotmail.com

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